Un pingüino en la Selva Lacandona II/II

UN PINGÜINO EN LA SELVA LACANDONA (II)


(La zapatista es apenas una casita, acaso la más pequeña, en una calle llamada “México”, en un barrio llamado “Latinoamérica”, en una ciudad llamada “Mundo”).

Les decía yo sobre las críticas a los señalamientos que sobre México, Latinoamérica y el Mundo, hace la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Bueno, pues frente a ellas permítanme algunas preguntas:

De en este mundo no cabes.

¿Qué pasa, por ejemplo, hace más de una década, cuando una niña (digamos de 4 ó 6 años), indígena y mexicana, ve que su padre, sus hermanos, sus tíos, sus primos, o sus vecinos, toman un arma, una bola de pozol y un tanto de tostadas y “se van a la guerra”? ¿Qué pasa cuando algunos no regresan?

¿Qué pasa cuando esa niña crece y, en lugar de ir por la leña, va a la escuela y aprende a leer y escribir con la historia de lucha de su gente?

¿Qué pasa cuando esa niña llega a la juventud, después de 12 años de ver, oír y hablar con mexican@s, vasc@s, norteamerican@s, italian@s, español@s, catalan@s, frances@s, holandes@s, aleman@s, suiz@s, británie@s, fínlandes@s, danes@s, suec@s, grieg@s, rus@s, japones@s, australian@s, fílipín@s, corean@s, argentín@s, chilen@s, canadiens@s, venezolan@s, colombían@s, ecuatorian@s, guatemaltec@s, portorriquefi@s, dominican@s, uruguay@s, brasileñas, cuban@s, haitian@s, nicaraguens@s, hondureñ@s, Bolivian@s, y etcéter@s, y saber de cómo son sus países, sus luchas, sus mundos?

¿Qué pasa cuando ve que esos hombres y mujeres comparten con su comunidad las carencias, los trabajos, las angustias, las alegrías?

¿Qué pasa con esa niña-luego-púber-luego-jóvena después de ver y escuchar a “las sociedades civiles”, durante 12 años, trayendo no sólo proyectos, también historias y experiencias de diversas partes de México y del Mundo? ¿Qué pasa cuando ve y escucha a los obreros electricistas, trabajando con italian@s y mexican@s en la instalación de una turbina para dotar de luz a una comunidad? ¿Qué pasa cuando se encuentra con los jóvenes universitarios en plena huelga de 1999-2000? ¿Qué pasa cuando descubre que en el mundo no sólo hay hombres y mujeres, sino que la atracción y el amor tienen muchos caminos y modos? ¿Qué pasa cuando ve a jóvenes estudiantes en el plantón de Amador Hernández? ¿Qué pasa cuando escucha lo que dijeron los campesinos de otras partes de México? ¿Qué pasa cuando le cuentan de Acteal y los desplazados en Los Altos de Chiapas? ¿Qué pasa cuando conoce de los acuerdos y avances de los pueblos y organizaciones del Congreso Nacional Indígena? ¿Qué pasa cuando se entera que los partidos políticos ignoraron la muerte de los suyos y decidieron desconocer los acuerdos de San Andrés? ¿Qué pasa cuando le cuentan que los paramilitares del PRD atacaron una marcha zapatista, pacífica y para llevarle agua a otros indígenas, y dejaron a varios compañeros heridos de bala, precisamente un 10 de abril? ¿Qué pasa cuando ve a los soldados federales pasar todos los días con sus tanques de guerra, sus vehículos artillados, sus fusiles apuntando a su casa? ¿Qué pasa cuando alguien le cuenta que en un lugar que se llama Ciudad Juárez, secuestran, violan y asesinan a jovencitas como ella y las autoridades no hacen justicia?

¿Qué pasa cuando escucha a sus hermanos y hermanas, a sus padres, a sus parientes, contar de cuando fueron a la marcha de los 1,111 en 1997, a la consulta de los 5000 en 1999, platicar de lo que vieron y escucharon, de las familias que los recibieron, de cómo es su modo de los ciudadanos, de que también luchan, de que tampoco se dejan?

¿Qué pasa cuando ve, por ejemplo, a Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Adolfo Gilly, Alain Touraine, Neil Harvey, con el lodo hasta las rodillas, reunidos en una champa en La Realidad, platicando del neoliberalismo? ¿Qué pasa cuando escucha a Daniel Viglietti cantar en una comunidad “A desalambrar”? ¿Qué pasa cuando ve la obra de teatro “Zorro el zapato” que los niños franceses de Tameratong presentaron en tierra zapatista? ¿Qué pasa cuando ve y escucha a José Saramago hablando, hablándole? ¿Qué pasa cuando oye a Osear Chávez cantar en tzotzil? ¿Qué pasa cuando escucha a un indígena Mapuche contar su experiencia de lucha y resistencia en un país que se llama Chile? ¿Qué pasa cuando se mete a una reunión donde uno que dice que es “piquetero” cuenta de cómo se organizan y resisten en un su país que se llama Argentina? ¿Qué pasa cuando oye a un indígena de Colombia contar que, en medio de la guerrilla, los paramilitares, los soldados y los asesores militares norteamericanos, sus compañeros tratan de construirse como indígenas que son? ¿Qué pasa cuando oye a los “ciudadanos musiqueros” tocar esa música muy otra que se llama “rock” en un campamento de desplazados? ¿Qué pasa cuando sabe que los de un equipo italiano de fútbol que se llama Internazionale de Milano apoyaron económicamente a los heridos y desplazados de Zínacantán? ¿Qué pasa cuando ve llegar a un grupo de hombres y mujeres norteamerican@s, aleman@s y británic@s con aparatos electrónicos, y los escucha contar de lo que hacen en sus países para acabar con las injustícias, mientras le enseñan a armar y a usar esos aparatos, y al rato ella ya está frente al micrófono diciendo “Escucha usted Radio Insurgente, la voz de los sin voz, transmitiendo desde las montañas del sureste mexicano, y vamos a empezar con una bonita cumbia que se llama “La Suegra “, y les avisamos a los promotores de salud que ya pasen al Caracol a recoger la vacuna” ¿Qué pasa cuando escucha en la Junta de Buen Gobierno que ese catalán vino desde muy lejos para entregar personalmente lo que un comité de solidaridad juntó como apoyo para la resistencia? ¿Qué pasa cuando ve a un norteamericano ir y venir con el café, la miel y las artesanías (y el producto de su venta), que producen las cooperativas zapatístas, cuando ve que no reclama ninguna atención especial a pesar de que lleva años haciendo eso sin que nadie, mas que nosotros, le lleve la cuenta? ¿Qué pasa cuando ve a l@s grieg@s traer el dinero para los materiales de la escuela y pues que se ponen a trabajar junto con los indígenas zapatistas en la construcción? ¿Qué pasa cuando ve a una frentista llegar al caracol y entregar un camión lleno de medicinas, aparatos médicos, camas de hospital y hasta uniformes y zapatos para l@s promotor@s de salud, mientras otros jóvenes del fzln se distribuyen para ayudar en las clínicas comunitarias? ¿Qué pasa cuando ve que los de “una escuela para Chiapas” llegan, se van y dejan, en efecto, una escuela, un camión escolar, lapiceros, cuadernos, pizarrones? ¿Qué pasa cuando ve que, a la escuela de idiomas que hay en Oventik (y que, en condiciones heroicas mantiene funcionando un compañero “ciudadano”), llegan hindúes, coreanos, japoneses, australianos, eslovenos, iraníes? ¿Qué pasa cuando mira que llega una persona a entregar con la Comisión de Vigilancia un libro con la traducción en árabe o en japonés o en kurdo, de los comunicados del EZLN y las regalías de su venta?

¿Qué pasa cuando, por ejemplo, una niña crece y llega a la juventud en la resistencia zapatísta, durante 12 años en las montañas del Sureste mexicano?

Les pregunto porque, por ejemplo, aquí, haciendo la posta de alerta roja en el Cuartel General del EZLN, hay dos ínsurgentas. Las dos son, como dicen los compas, “cien por ciento indígenas y cien por ciento mexicanas”. Una tiene ahora 18 años y la otra 16. O sea que en 1994 tenían 6 años la una y 4 la otra. Como ellas hay decenas en nuestras posiciones de montaña, centenas en las milicias, miles en los cargos organizativos y de comunidad, decenas de miles en los pueblos zapatístas. El mando inmediato de las dos que hacen la posta es un teniente insurgente, indígena, de 22 años, o sea que tenía 10 años en 1994. La posición está bajo el mando de un capitán insurgente, también indígena, al que, como debe de ser, le gusta mucho la literatura, y tiene 24 años, es decir, 12 años cuando inició el alzamiento. Y en todas partes de estas tierras hay hombres y mujeres que pasaron de la niñez a la juventud y de la juventud a la madurez, en la resistencia zapatísta.

Entonces, les pregunto: ¿Qué les digo? ¿Que el mundo es ancho y ajeno? ¿Que sólo importa lo que nos pase a nosotros? ¿Que lo que pasa en otras parte de México, de Latinoamérica y del Mundo no nos interesa, que no debemos meternos ni en lo nacional ni en lo internacional, y que debemos encerrarnos (y engañarnos), pensando que podremos lograr, solos, eso por lo que murieron sus parientes? ¿Qué no debemos hacer caso a todas las señales que nos indican que sólo haciendo lo que vamos a hacer podremos sobrevivir? ¿Qué debemos negarle el oído y la palabra a quienes no nos han escatimado ni el uno ni la otra? ¿Qué debemos respetar y apoyar a los mismos políticos que nos negaron una salida digna a la guerra? ¿Qué, antes de salir, tenemos que aprobar ante un jurado calificador para ver si lo que se ha construido acá en 12 años de guerra tiene méritos suficientes?

En la Sexta Declaración les contamos que han entrado nuevas generaciones a la lucha. Y No sólo son nuevas, también tiene otras experiencias, otras historias. No lo dijimos en la Sexta, pero lo digo ahora: son mejores que nosotros, los que empezamos el EZLN e iniciamos el alzamiento. Miran más lejos, tienen el paso más firme, son más abiertos, están mejor preparados, son más inteligentes, más decididos, más conscientes.

Lo que plantea la Sexta no es un producto “importado”, elaborado por un grupo de sabios en un laboratorio ascéptíco, y luego implantado en un grupo social. La Sexta viene de lo que somos ahora y de donde estamos. Por eso aparecen esas partes primero, porque no se puede comprender lo que nos proponemos, si no se entiende antes lo que ha sido nuestra experiencia y organización, es decir, nuestra historia. Y cuando digo “nuestra historia” no estoy hablando sólo de la del EZLN, también incorporo la de todos esos hombres y mujeres de México, de Latinoamérica y del Mundo que han estado con nosotros… aunque no los hayamos visto y estén en sus mundos, sus luchas, sus experiencias, sus historias.

La lucha zapatista es una champita, una casita más, tal vez la más humilde y sencilla entre las que se levantan, con idénticos o mayores penurias y esfuerzos, en esta calle que se llama “México”, Quienes habitamos en esa casita, nos identificamos en la banda que puebla todo el barrio bajo que se llama “Latinoamérica”, y aspiramos a algo aportar en hacer habitable la gran ciudad que se llama “Mundo”. Si esto está mal, adjudíquenlo a todos esos hombres y mujeres que, luchando en sus casas, barrios, ciudades, es decir, en sus mundos, tomaron un lugar entre nosotros. No arriba, no abajo, sino con nosotros.

Un Pingüino en la Selva Lacandona.

Bueno, lo prometido es deuda. Al inicio de este escrito les dije que les iba a contar del pingüino que hay aquí, en las montañas del Sureste Mexicano, así que ahí les va.

Sucedió en uno de los cuarteles insurgentes, hace poco más de un mes, en las vísperas de la Alerta Roja. Me encontraba yo de paso, rumbo a la posición que sería el cuartel general de la Comandancia General del EZLN. Ahí debía recoger a los insurgentes e insurgentes que formarían mi unidad durante la Alerta Roja. El mando del cuartel, un Teniente Coronel Insurgente, terminaba de levantar el campamento y tomaba las disposiciones para mover la impedimenta. Con el fin de no recargarse mucho en el suministro que mandan las bases de apoyo para el sostenimiento de las tropas insurgentes, los combatientes de esta unidad habían desarrollado algunos medios de subsistencia propios: una hortaliza y una granja. Se decidió que de las hortalizas se cargaba lo que se pudiera y lo demás quedaba a la buena de dios. En cuanto a los pollos, gallinas y gallos, pues la alternativa era comerlos o dejarlos. “Mejor los comemos nosotros y no los federales”, decidieron, no sin razón, los hombres y mujeres (jóvenes menores de 20 años la mayoría), que mantenían esa posición. Uno a uno, los animales fueron a parar a la olla y, de ahí, a los platos hondos de los combatientes. Tampoco eran muchos animales, así que en unos cuantos días, la población avícola se había reducido a dos o tres ejemplares.

Cuando sólo quedaba uno, precisamente el día de la partida, pasó lo que pasó…

El último pollo empezó a caminar erguido, tal vez pretendiendo confundirse con nosotros y pasar desapercibido con esa postura. No sé mucho de zoología, pero parece que la constitución anatómica de los pollos no está hecha para caminar erguidos, así que, con el bamboleo que le producía el esfuerzo de mantenerse derecho, el pollo caminaba tambaleándose y sin atinar un rumbo preciso. Fue entonces que alguien dijo “parece pingüino”. El hecho provocó risas y éstas derivaron en simpatía. El pollo parecía, es cierto, un pingüino, sólo le faltaba la pechera blanca. El caso es que las bromas terminaron por impedir que el “pingüino” tuviera el mismo destino que sus compañeros de granja.

Llegó la hora de la salida y, revisando que no quedara nada, se dieron cuenta de que el “pingüino” estaba todavía ahí, tambaleándose de un lado a otro, pero sin volver a su posición natural. “Llevémoslo”, dije, y todos me quedaron viendo para ver si bromeaba o era en serio. Fue la insurgenta Toñita la que se ofreció a llevarlo. Empezaba a llover y lo puso en su regazo, debajo de la pesada capa de plástico con la que la Toñita protegía su arma y su mochila del agua. Lloviendo iniciamos la marcha.

Llegó el pingüino hasta el Cuartel General del EZLN y rápidamente se adaptó a la rutina de alerta roja insurgente. A menudo se unía (siempre sin perder la descompostura de pingüino), a los insurgentes e insurgentas en la hora de la célula, o sea del estudio político. El tema de estos días es sobre las 13 demandas zapatistas y los compañeros lo resumen bajo el título de “Por qué luchamos”. Bueno, pues no me lo van a creer, pero cuando me he acercado a la reunión de la célula, pretextando la búsqueda de café caliente, he visto que el “pingüino” es el que pone más atención. Y no sólo, de tanto en tanto, picotea a alguno que se queda dormido en mitad de la plática política, como reconviniéndolo para que preste atención.

No hay otro animal en el cuartel… digo, además de las culebras, las tarántulas “chibó”, dos ratones de campo, los grillos, las hormigas, un número indeterminado (pero muy grande) de zancudos, y una cojolita que llega a cantar, probablemente porque se siente convocada por la música de cumbias, rancheras, corridos, de amores y de despecho que sale del pequeño radio que se usa para oír el noticiero matutino de Pascal Beltrán en Antena Radio, y luego la “Plaza Pública” de Miguel ?ngel Granados Chapa en Radio UNAM.

Bueno, les decía que no hay otro animal, así que parece normal que “pingüino” piense que nosotros somos sus congéneres y tienda a comportarse como uno más de nosotros. No habíamos advertido hasta qué grado había llegado, hasta que una tarde se negó a comer en el rincón que tiene destinado y se acercó a la mesa hecha de palos. Pingüino hizo un escándalo, más de pollo que de pingüino, hasta que comprendimos que quería comer con nosotros. Deben saber que la nueva identidad de Pingüino le impide al ex pollo el volar el mínimo necesario para subir a la banca, así que es la insurgenta Erika quien lo sube y le da de comer de su plato.

El capitán insurgente al mando me ha dicho que al pollo, quiero decir a Pingüino, no le gusta quedarse solo en la noche, tal vez porque teme que los tlacuaches lo puedan confundir con un pollo, y protesta hasta que alguien lo lleva a su techo. No tardará mucho tiempo en que la Erika y la Toñita le hagan con tela una pechera blanca (querían pintarlo con cal o con pintura de casa, pero logré disuadirlas… creo), para que no haya dudas de que es un pingüino y nadie lo confunda con un pollo.

Ustedes pueden pensar que estoy, o estamos, delirando, pero lo que les cuento es cierto. Mientras tanto. Pingüino se ha convertido en parte de la Comandancia General del ezetaelene y, tal vez, podrán verlo con sus propios ojos quienes vengan a las reuniones preparatorias para la “Otra Campaña”. También es de suponer que Pingüino sea la mascota del equipo de fútbol del EZLN cuando se enfrente, próximamente, al internazionale de Milano. Tal vez entonces alguien saque una foto para el recuerdo. Tal vez, pasado algo de tiempo y mirando la imagen, una niña o un niño preguntaran: “Mamá, ¿y quienes son los que están al lado de Pingüino?” (suspiro).

¿Saben qué? Se me ocurre ahora que nosotros somos como Pingüino, esforzándonos por erguirnos y hacernos un lugar en México, en América Latina, en el Mundo. Como de por sí no está en nuestra anatomía el viaje que emprenderemos, seguramente andaremos tambaleándonos, vacilantes y torpes, provocando risas y bromas. Aunque tal vez, también como Pingüino, provoquemos alguna simpatía y alguien, generoso, nos arrope y nos ayude, caminando con nosotros, a hacer lo que todo hombre, mujer o pingüino deben hacer, es decir, tratar siempre de ser mejores de la única forma posible, o sea luchando.

Vale. Salud y un abrazo de Pingüino (¿?).

Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos
México, Julio del 2005.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: